En el verano del '92, regresaba de unas espléndidas vacaciones junto a mi novia (actual esposa) y sus padres, habiendo disfrutado un excelente descanso en las cálidas playas brasileñas.
En esa calurosa tarde de Enero, conducía relajadamente por la ruta que atraviesa la República Oriental del Uruguay, desde la ciudad de Chuy hasta el Puente Internacional que une a este país vecino, con Argentina.
Teníamos toda la sensación de ser los únicos ese día en la ruta, rectas muy largas y tramos ondulados hacían al viaje monótono y relajado. Platicábamos sobre los fantásticos lugares que estuvimos y lo bien que disfrutamos cada instante.
Cómodamente sentado, con una postura particularmente tranquila, calma. Estaba en mi turno al volante y realmente no sentía ningún tipo de preocupación; el descanso había surtido efecto en todos y me sentía muy bien.
Con una mano al volante y un brazo apoyado fuera de la ventanilla, (en esa época todavía fumaba) disfrutaba del silencio de la ruta al transitarla. Ciertamente el entorno apacible favoreció aún más el estado distendido en el que me encontraba.
Durante el trayecto y sin previo aviso, sentí un imperceptible escalofrío que apenas me llamó la atención, y al instante y sin razón alguna, una idea me vino en mente:
"¿Qué ocurriría si el parabrisas estallara?"
Resultó por demás interesante darme cuenta sobre la diferencia entre un pensamiento de este tipo que no tenía basamento alguno ni se apoyaba sobre ninguna experiencia personal, y que ocurría justamente cuando me encontraba en un estado de plena calma y tranquilidad; al contrario de aquello que sucede cuando sentimos inconscientemente un peligro que se acerca, de acuerdo a la lectura de datos imperceptibles y que nuestro cerebro traduce para posicionarnos en un estado de alerta extrema. Este último, no era el caso.
A partir de ese momento y mientras la familia continuaba con su amena charla sin percatar mi actitud, comencé a desarrollar mentalmente cuáles serían los recaudos necesarios que debía tomar para tal accidentada e hipotética circunstancia.
Comencé entonces a desplegar las siguientes ideas, en absoluto silencio:
“Bien, previo al estallido del parabrisas debería tomar el volante con ambas manos para continuar en una trayectoria firme y evitar maniobras bruscas"
"Tendría que guardar en mi memoria la imagen de la ruta un instante antes de cerrar los ojos para que las astillas no me lastimaran y luego si, protegerlos"
"Debería quitar mi pie del acelerador"
"Una vez que el parabrisas estalle y pasado el peligro de los pedacitos de vidrios volando en el primer instante, abriría los ojos"
"Para finalizar, apaciblemente me estacionaría al costado de la ruta"
Mientras iba construyendo mentalmente este plan, tomaba la postura corporal correcta para recibir el supuesto impacto. Había arrojado el cigarrillo, tomado el volante con ambas manos, y mis sentidos se habían despertado al máximo.
Me encontraba ya, en estado de máxima alerta.
Minutos después y saliendo de una curva pronunciada que me permitía mantener los 120 kilómetros por hora, mientras todos continuaban en su charla distendida, un automóvil que venía de la mano contraria levanta con una de sus ruedas una pequeña piedra, haciendo realidad esa imperceptible resonancia emocional que a Dios gracias supe traducir, impactando en el centro justo del parabrisas.
Instantáneamente estalla en mil pedazos, que ingresaron violentamente al interior del automóvil, provocando pequeños cortes en el cuerpo de todos los que allí estábamos...
En aquél entonces sentí que me prepararon al detalle para este evento, y mi reacción fue tal cual se había desenvuelto mentalmente minutos antes que ocurriera: en ningún momento sentí temor, ansiedad, o malestar alguno, simplemente lo viví como si me hubieran "programado para reaccionar fría y calculadamente".
Con las manos al volante guardé en mis retinas la imagen de la ruta, antes de cerrar los ojos, quité el pie del acelerador mientras terminaba de maniobrar el último tramo de la curva a ciegas, y una vez que los vidrios dejaron de impactarnos, abrí los ojos y estacioné el carro a la vera del camino.
Todos en silencio comenzamos a atender nuestras heridas producto de las astillas; a limpiar el interior, y seguir viaje.
¡Estábamos tan serenos! , en calma plena, con una actitud relajada, ¡Todos por igual!
Nos distendimos plenamente del nerviosismo del impacto, y nos divertíamos con mi suegro que venía de copiloto, saludando a los autos que venían de la mano contraria sacando un poco el cuerpo para afuera con el brazo en alto por la abertura donde tendría que estar el parabrisas, seguimos nuestras charlas, bromeando acerca de las nubes que acechaban.
Mi suegra me prestó sus lentes de sol para conducir mejor: un bonito, enorme, y sexy modelo Sofía Loren que cubría la mitad de mi rostro, fue motivo de burlas la manera en que lucía ese par de anteojos, durante mucho tiempo en la familia.
Días después me confiesa mi suegro su asombro por mi reacción tan calma, y la frase más comentada fue: "nos salvamos de milagro".
Mantuve silencio al respecto frente a los comentarios, mi costado racional debía encontrar imperiosamente respuestas y comencé a pedir "señales" que me expliquen los avisos.
Desde ese reclamo comencé a advertir en los diarios, en afiches de la calle, en la televisión, en todas partes donde posaba la atención un nombre: Gabriel.
Figuras de ángeles por doquier recorrían mis retinas, más otros datos que algunas personas me aportaron sin saber el origen de mis dudas. Tuve claro en aquél entonces que Gabriel Arcángel me había avisado y preparado para el accidente.
Varios años después me pidieron que cuente esta historia en un programa del canal Infinito "Casa Infinito Fuego" que conducía el investigador Fabio Zerpa, y fue allí donde se enteró mi familia de los detalles descubriendo al fin y al cabo la totalidad de los hechos que celosamente había guardado.
Desde entonces ejercito y mantengo abierto el canal espiritual, sintiendo y afirmando por la fuerza de la Fe sobre la existencia trascendental de la vida, más allá de este lapso terrenal que nos toca compartir.
Hoy por hoy fundamento esta experiencia, en el don intuitivo que todos poseemos y que en mi caso en particular, tuve en aquella oportunidad, la gracia de poder traducir esa “resonancia emocional”, detallando los pasos a seguir para salvar las vidas de todos los que vivenciamos esa experiencia.
Aquí podríamos decir que efectivamente, alguien o algo generó ese “escalofrío imperceptible” que transportó valiosa información a mi ser integral, pudo haber sido un ángel como Gabriel, o quién sabe qué tipo de fuerza haya provocado tal aviso…
Hoy no encuentro interesante o importante revelar al Mensajero, ya no me ocupo de descubrir su nombre o “saber quién o qué es”, de más está decir que esa fue la primera de varias experiencias similares por las que transité, recibiendo distintas “resonancias emocionales” auténticas y sin previo aviso, las mismas que me asistieron a encontrar formas y técnicas que posibilitan la capacidad de discernir entre una resonancia emocional correcta, y otra que no lo es.
Es posible ejercitar la intuición al punto de obtener una Maestría en ella, aunque reconozco que el camino para obtenerla, exige superar aprendizajes dolorosos, realizar desapegos fuertes, y abandonar actitudes y distracciones dañinas para lograr la obtención de este grado especial de discernimiento.
Fin de la primera parte