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Existe una estrecha relación entre el miedo, la ansiedad y la angustia, y muchos psicólogos han establecido esta clasificación:

 

1. El miedo es el sentimiento que se origina ante la percepción de un peligro presente e identificado.

2. La ansiedad es la sensación de una amenaza relacionada con un objeto conocido pero localizado en el futuro.

3. La angustia es la sensación de amenaza relacionada con un objeto indeterminado, desconocido.

 

El miedo, entonces, es una reacción ante situaciones amenazadoras o que causan inseguridad, en las que el ser humano teme perder el control sobre su entorno. Los factores desencadenantes del miedo son, entre otros:

Peligros de carácter general: el miedo ante una operación a la que vamos a someternos, el miedo a la vejez, a las catástrofes medioambientales.

Situaciones desconocidas, no predecibles: el miedo que nos producen las nuevas tecnologías, tener que mudarnos a una ciudad desconocida, los ruidos nocturnos inexplicables.

Relaciones sociales: el miedo al rechazo, al aislamiento, al fracaso social.

Situaciones de rendimiento: miedo ante un examen o el miedo a no estar a la altura de un nuevo desafío profesional.

Problemas morales.

Mientras que la tristeza y la indignación son emociones sociales, el miedo suele ser un producto de la soledad.

LA NEUROBIOLOGÍA DEL MIEDO

Las emociones de miedo sirven para preparar al cuerpo para la fuga, la inmovilidad y el ataque. Los procesos neuronales en el sistema límbico provocan una excitación simpática y con ello una secreción de adrenalina. Se desencadena una reacción de estrés durante la cual el corazón late con mayor rapidez, el nivel de azúcar en sangre aumenta y las pupilas se dilatan. Toda la atención se centra en el peligro a que nos enfrentamos.

ESTRATEGIAS CONTRA EL MIEDO

Fundamentalmente, hay dos posibilidades de superar el miedo: actuar para eliminar la amenaza o intentar tranquilizarse. El psicólogo Richard Lazarus denomina la acción como superación ‘instrumental’ y el control de las emociones como superación ‘orientada a las emociones’.

 

SUPERACIÓN INSTRUMENTAL: PELIGRO RECONOCIDO, PELIGRO SUPERADO. Como cualquier emoción, también el miedo tiene un lado positivo. El miedo es un indicador de que algo no va bien. Debe incitarnos a cuestionarnos una determinada situación. Vea sus miedos como una oportunidad: compre un coche con airbag; preste más atención a su salud; propóngase leer más para poder, en el futuro, participar más en las conversaciones.

SUPERACIÓN ORIENTADA A LAS EMOCIONES MEDIANTE UNA NUEVA VALORACIÓN: Al igual que las emociones coléricas, también las emociones de miedo pueden superarse dando una interpretación más positiva a la situación que se vive como amenazadora. Detrás de esto está la idea de que un acontecimiento sólo desencadena una reacción de estrés cuando es interpretado como una amenaza. Lo desconocido, lo que nos causa inseguridad y lo nuevo no son características absolutas, sino que cada persona las percibe con una intensidad diferente. Desde el punto de vista psicológico, el estrés es el resultado de un proceso cognitivo subjetivo.

Por lo tanto, cuando se consigue relativizar una aparente amenaza, desaparece la causa del estrés. Cuanto antes puede amortiguarse la oleada de miedo de forma racional, mejor funciona esta estrategia.

SUPERACIÓN ORIENTADA A LAS EMOCIONES MEDIANTE LA DESENSIBILIZACIÓN: Hemos visto que las personas miedosas por naturaleza tienden a evitar las situaciones en las que no se sienten a la altura de las circunstancias. Pero de esta manera, a largo plazo, el espacio vital y el campo de acción se hacen cada vez menores. La persona que evita las apariciones en público, conducir un coche o conocer a nuevas personas, se condena a sí misma a la marginación profesional y social.

Una alternativa mejor es aprender a vivir con el estado de excitación del miedo. Esto presupone enfrentarse a las propias emociones de miedo, hacer un repaso mental de las situaciones de miedo y finalmente exponerse de forma consciente y sistemática a los estímulos de miedo, tolerarlos y observarlos con frialdad. A medida que esto se consigue, una

y otra vez, el miedo va cediendo: la persona se desensibiliza. Con el tiempo crece la confianza en la propia capacidad para manejarse con el miedo y poder enfrentarse a él de forma efectiva.

Para un paciente que se veía asaltado con regularidad por una agitación nerviosa en sus encuentros con nuevas personas o cuando asistía a fiestas como invitado, el psicólogo Melvyn Kinder desarrolló el siguiente programa: ‘Debía imaginarse lo que sentía cuando entraba en una habitación donde todo el mundo lo mirara fijamente. Al hacerlo, se dio cuenta de lo mucho que se alteraba. Lo repitió varias veces con la indicación expresa de limitarse a sentir de forma consciente esa alteración. Poco a poco, ésta se hizo cada vez menor, incluso cuando le indicó que además se imaginara que había gente allí para quienes pasaba desapercibido o que no tenían el menor interés por él y que después de una breve conversación le volvían la espalda. Al cabo de pocos meses, el paciente se sentía mucho más a gusto en reuniones sociales. Esto se debía también a que había aprendido a aceptar su timidez en lugar de tratar de superarla’.

CONTROL EMOCIONAL DEL MIEDO:

VENCER EL TEMOR

Cuando sabemos la causa de nuestro temor exagerado, podremos seguir los siguientes pasos para vencerlo:

1. ANTE TODO, HAY QUE ACTUAR: Pues si el temor tiende a inhibir nuestras actividades, no hay que secundarlo con la inacción, sino al revés, vencerlo por la actuación.

2. CONCRETARLO: El temor, cuanto más vago y confuso, más aflige. Contestemos por escrito y con detalle a estas preguntas: ¿A qué temo? ¿Y por qué? Al detallar el daño o peligro, veremos con frecuencia que era insignificante. El miedo es un monstruo que vive en la caverna del subconsciente, envuelto en tinieblas; iluminemos la caverna; saquémosle de su oculta madriguera; mirémosle cara a cara, y lo desharemos.

3. RAZONARLO: ¿Qué probabilidad hay de que esto suceda? Y si acontece, ¿será tan desastroso como temo? Siempre la imaginación sobrecarga con tintes negros nuestras emociones.

4. ENCARARLO. Y suponiendo que esto suceda, ¿qué? ¿No han pasado otros por trances semejantes, y han podido vivir y ser felices? Y si de he morir, ¿qué?

Al imaginar lo peor que nos puede suceder y al aceptarlo, hallándole una solución humana, venceremos el miedo exagerado.

5. EVITAR LOS EXCITANTES: o más bien las IDEAS de alarma que ellos suscitan en nosotros. Distraer de ellas nuestra atención concentrándola en sensaciones conscientes o en concentraciones voluntarias, o mejor, cuando el temor es exagerado e impuesto por la imaginación...

6. APELAR A LAS IDEAS CONTRARIAS: ‘No hay peligro. La probabilidad de que suceda es mínima. El mal que puede venir es insignificante o traer mayores bienes’.

7. PONER EL SENTIMIENTO CONTRARIO: de valor, de seguridad, de optimismo; por los mismos medios que nos trajeron temor, pero con signo contrario, es decir, por ACTOS intensos de valor, por vivencias o RECUERDOS fuertes de SEGURIDAD, por palabras con el mismo tono. Un acto de heroísmo puede curar para siempre a un tímido.

8. ASOCIAR VIVENCIAS PERSONALES DE SEGURIDAD a las que nos suelen producir temor, IMAGINÁNDONOS EN DOMINIO DE LA SITUACIÓN y diciéndolo con el tono seguro.

9. DOMINAR LA ANGUSTIA MUSCULAR: Se llama así a un estado latente de inseguridad o angustia debido a una fuerte y prolongada tensión en los músculos intercostales. Estos impiden la conveniente dilatación del pecho, la que tenemos cuando estamos animados o seguros; y en cambio nos imponen la postura del tímido o deprimido. Para estos casos, de no aparecer causas psíquicas o emocionales de temor, tratemos de ablandar esos músculos cuanto antes con adecuados ejercicios gimnásticos, con postura más correcta y con masaje.

10. PONER LA EXPRESIÓN CONTRARIA: En lugar de tener los ojos no muy abiertos y fijos que indicarían temor, mantener mirada segura y blanda; en vez de un tono débil y entrecortado intentar hablar con una voz más profunda y firme, apoyándola en el aire que sale y no en la garganta; lograr una respiración más profunda y lenta; para esto, en vez de fijarnos en ensanchar los pulmones, atendamos a ensanchar las aletas nasales y conservarlas bien abiertas en la expiración.

Debemos entrenarnos PERO no para no sentir miedo, sino para hacer uso de él, de este maravilloso sistema de alarma, en las circunstancias de peligro que se nos puedan presentar.

UN ÚLTIMO CONSEJO. Cuando tenga miedo y se le dispare la adrenalina, lo primero que debe hacer es pensar, recordando respirar de esta manera:

Inhale y exhale el aire 10 veces pausadamente, por la nariz, llenando su abdomen (la barriga) cuando toma aire y aplastando la barriga cuando bote el aire. Recuerde y piense que el miedo lo ayuda.

Un análisis superficial de la cantidad de formas en que el concepto de miedo puede expresarse en el lenguaje, pone de manifiesto su importancia en nuestras vidas: alarma, espanto, desvelo, preocupación, recelo, temor, inquietud, desasosiego, suspicacia, nerviosismo, impresión, julepe, aprensión, ansiedad, agitación, sobresalto, pavor, angustia, pánico, terror, horror, consternación, aflicción, sobrecogimiento, turbación, susto, alteración, etc.

 

Para entenderlo veamos una metáfora: el miedo es como una luz que se enciende en el tablero de mandos del auto que indica, por ejemplo, que hay poco combustible en el depósito. Todos sabemos que el problema no es la luz roja, sino que esa luz es un aliado extraordinario que nos informa que hay poco combustible y necesitamos resolver ese problema. Por lo tanto, si hemos aprendido a aprovechar esa señal, cuando la luz roja se enciende, agradecemos la información que nos brinda y tratamos de resolver la situación que nos muestra: detenemos el coche en la primera estación y cargamos. Aprovechamos la luz roja; no la acusamos ni la destruimos ni la convertimos en el problema, sino que la utilizamos para resolver el problema. Imaginemos que alguien dijera cuando se enciende la luz: ‘Estoy harto de esta luz roja que cada dos por tres se enciende y no me deja viajar tranquilo!... No me dejaré amedrentar por ella!...’

Obviamente, nos quedaríamos con el coche detenido a mitad de camino por falta de combustible. Y aunque este ejemplo parezca casi risueño por lo absurdo, es, sin embargo, lo que a menudo hacemos con el miedo en el nivel psicológico.

La pregunta que surge a partir de esta observación es: ¿por qué actuamos así? Lo que ocurre es que se nos ha explicado, y hemos aprendido, qué particular carencia señala la luz roja del tablero de mandos, y qué hacer para resolverla. Pero en el plano psicológico, en cambio, no sabemos qué hacer con el miedo. No sabemos qué carencia señala ni qué hacer para asistirla. Es necesario, pues, realizar un aprendizaje a fin de aprovechar la emoción de miedo del mismo modo que lo hacemos con la luz roja del tablero de mandos.

A continuación veremos algunas de las confusiones más frecuentes que impiden el aprovechamiento de esta señal.

¿EXISTE LA COBARDÍA?

La idea de la cobardía nace de un supuesto equivocado: que todos disponemos de los mismos recursos para enfrentar los peligros, y que algunos, a pesar de contar con ellos, no los enfrentan. A éstos se los llama cobardes.

Para poner un ejemplo: Tarzán -arquetipo del hombre valeroso- puede hacer frente a un león sin vacilar, sencillamente porque dispone de los instrumentos para hacerlo. El mismo Tarzán, ante dos o diez leones enfurecidos, inevitablemente sentirá miedo.

Puedo disponer de recursos de un valor mil, y si estoy rodeado continuamente por peligros de valor cinco mil, viviré continuamente con miedo. Por el contrario, puedo contar con recursos de un valor diez, y si estoy expuesto regularmente a peligros de un valor cinco, prácticamente no conoceré el miedo.

¿Dónde quedan la cobardía o la valentía ante lo anterior?: se disuelven como conceptos pues cesan en su validez.

Lo que uno comienza a ver en cambio es, simplemente, personas que disponen, o no, de recursos para enfrentarse a la amenaza que se les presenta. También comprende que si quien se retiró desarrolla los recursos necesarios, inevitablemente se enfrentará a la amenaza de la cual se alejó. Y su opuesto: si quien se enfrentó a ella no hubiera tenido los recursos de que dispuso, habría sentido miedo y se habría retirado.

Es importante alcanzar esta comprensión porque quien es tachado de cobarde, sobre todo si se trata de un niño, queda injustamente estigmatizado, la valoración de sí mismo se ve seriamente dañada y se perturba en gran medida su forma de relacionarse consigo mismo y con los demás.

 

‘¡YO NO TENGO MIEDO!’

Puede ocurrir que uno, efectivamente, no sienta miedo porque no experimenta situaciones en las que existe una desproporción entre la amenaza y los recursos. Es una posibilidad absolutamente plausible. Pero también puede ocurrir que si por sentir miedo uno ha sido rechazado, descalificado, tildado de cobarde, etc..., poco a poco vaya anestesiando la percepción de su miedo. Ya no lo registra y frecuentemente desemboca en el: ‘¡No tengo miedo!’. Al no contar con esa señal, arremete contra el desafío que tiene delante sin reconocer qué recursos son necesarios para hacerlo. Quien así actúa es quien mejor conoce el resultado más frecuente: acabar estrellado contra los desafíos, con más heridas que logros.

Anestesiar el miedo es como cubrir la luz roja del tablero de mandos, para que no se vea...

El reconocer que uno cuenta con los recursos forma parte de los recursos necesarios.

Como dice el refrán: ‘El miedo no es tonto’. Está detectando una desproporción entre la magnitud de la amenaza y los recursos con que contamos.

El aspecto miedoso se calma cuando es escuchado con respeto, y cuando siente que lo que dice es genuinamente tomado en cuenta.

Cuando se ingresa más hondo en él se comprueba inequívocamente que el aspecto miedoso no quiere vivir con miedo. Profundamente, lo que más quiere es que se lo ayude a desarrollar sus capacidades potenciales, y cuánto más lo logra y más puede, más expande los desafíos que desea.

Si escuchamos lo que dice, tomamos en cuenta en qué estado se encuentra y de qué modo podemos ayudarlo a equilibrar la relación recursos-amenaza, transformamos un lastre desahuciado en un colaborador activo y vital. Nos integramos, nos unificamos. Restablecemos la sociedad interior en la que existe colaboración. Pasamos del ‘para hacer necesito no escuchar’ al ‘porque escuché todas las voces y asistí a quien lo necesitaba es que mi acción fue diseñada a la medida de mis posibilidades reales y, por lo tanto, actué cada vez con más tranquilidad y confianza’.

 

QUÉ ES CURAR EL MIEDO

Para saber qué significa curar el miedo hay que introducir dos nociones: miedo funcional y miedo disfuncional.

EL MIEDO DISFUNCIONAL es aquel que angustia, inhibe, desorganiza y bloque la posibilidad de experiencia y aprendizaje.

Por el contrario, el MIEDO FUNCIONAL es aquel cuya angustia es utilizada como señal que muestra una desproporción entre el peligro a que nos enfrentamos y los recursos de que disponemos, y que además pone en marcha la tarea de reequilibrar tal desproporción.

Curar el miedo, entonces, es transformar el miedo disfuncional en miedo funcional.

Los tres momentos del miedo:

a) contacto con la amenaza;

b) respuesta de miedo;

c) reacción interior hacia el miedo experimentado.

Como se puede observar ahora, la funcionalidad o no del miedo depende de cómo se lleve a cabo la fase c) de esta secuencia, es decir, de las respuestas interiores que cada uno produzca en relación en el miedo que siente. Si se trata de respuestas inadecuadas, se pone en marcha el círculo vicioso que agrava el miedo: el aspecto temeroso se siente más amenazado, por lo que se intensifica su miedo, lo cual a su vez refuerza las reacciones interiores habituales inadecuadas, lo que agrava aún más el miedo, etc.

Puede resultar extraño atribuirle tanta importancia a las reacciones interiores en relación con el miedo, y tal vez sea necesaria una explicación más detallada. Para ello apelaremos a un símil del universo interpersonal con e que estamos más familiarizados.

Un joven está rindiendo un examen y sabe que si no aprueba sus padres lo castigarán, como otras veces, y le dirán: ‘¡Eres un vago, un incapaz! ¿Dónde tienes la cabeza? Sólo sabes jugar y romper cosas. Por un mes no tendrás más tu paga’. Ese niño tiene dos problemas: el examen y el castigo de sus padres si le va mal. En realidad el castigo de sus padres es el que convierte el examen en un problema que causa temor. Por supuesto, en este contexto psicológico sólo pondrá de manifiesto una parte mínima de su capacidad.

Pensemos ahora en otro niño que conoce la asignatura más o menos como el anterior y sabe que si no aprueba sus padres le dirán: ‘Bueno, qué pena; ‘¿por qué no nos cuentas qué te pasó? Así tal vez podamos descubrir algo que te sirva para una próxima vez, y esto que ahora es doloroso quizá se convierta en una experiencia útil para ti y para nosotros...’

Lo más probable es que este niño se enfrente al examen con más tranquilidad y por lo tanto su rendimiento sea mucho mejor.

El examen es el mismo. La única diferencia es el trato ante un probable resultado negativo. Uno da tranquilidad, el otro aterroriza.

Esto es lo que le sucede a un niño en función del modo en que es tratado por sus padres. Luego, cuando ya es joven o adulto, esa clase de diálogo se produce dentro de sí mismo: ya existe en él un evaluador interno que reacciona ante todo lo que siente y hace. Ese evaluador puede producir diferentes tipos de reacciones, desde las más inadecuadas y nocivas hasta las más sabias y curativas. En última instancia podemos decir que en la relación evaluador-evaluado se forja buena parte del destino psicológico de una persona.

Puede ser tanto la fragua curativa en la que se van resolviendo los problemas del diario vivir, como una verdadera fábrica de sufrimiento y enfermedad.

Esta es la razón por la cual se le atribuye tanta importancia al papel de evaluador interno, que es quien lleva a cabo la fase c) de la secuencia antes descripta.

Escuchar y respetar al aspecto temeroso no significa consentir en todo lo que ese aspecto diga o haga.

Escucharlo quiere decir reconocer que existe y tratar de conocerlo lo mejor posible, más allá de que nos guste o no lo que percibimos.

Respetarlo significa reconocerle el derecho a estar como está. Saber que, dado el entorno psicológico en que existe y los recursos con que cuenta, la respuesta

que está produciendo el aspecto miedoso es su mejor respuesta posible, independientemente de cuánto nos agrade. Saber también que tenemos el derecho de expresarle todos nuestros desacuerdos pero sin imposiciones. Si queremos que modifique algo de sí, todo cuanto podemos hacer es proponérselo, explicarle por qué se lo proponemos y disponernos a escuchar su respuesta, admitiendo que es el juez último que evaluará qué es lo más adecuado para él en ese momento.

Sabiendo asimismo que tanto el aspecto temeroso como nosotros (en este caso su evaluador interno) podemos equivocarnos muchas veces, pero que si mantenemos ambas partes la actitud de una ‘sociedad de aprendices’, crearemos las condiciones más favorables para producir acciones consensuadas, en las que cada uno se sentirá representado, y que serán también, cada vez más resolutivas y satisfactorias.

Por supuesto que esta actitud implica un cambio mental muy importante: de percibirlo como un pesado lastre, pura negatividad, al cual es mejor no escuchar porque todo lo que venga de él complicará las cosas más y más, a concebirlo como la fuente de donde provendrá buena parte de la información necesaria para producir la solución anhelada, momento a momento.

Se trata de un cambio radical en la manera de evaluar al aspecto temeroso. Y ese mismo cambio es el que comienza a crear nuevas condiciones para que él también transforme su propia evaluación de sí.

Cuanto más solidaria y cooperativa se hace esa relación, más se disuelve el miedo disfuncional.

Aunque en una situación evalúen que la amenaza los desborda y deciden retirarse, esa retracción deja de ser conflictiva.

Si uno no comprende el miedo y es impaciente, suele creer que la retracción siempre significa fracaso. Sin embargo, cuando la retirada surge de un acuerdo interior, no la experimentamos como fracaso sino como parte del derecho que nos asiste a elegir las condiciones más propicias para nuestro desempeño. El I Ching dice al respecto: ‘No es fácil entender las leyes de una retirada constructiva. (...) Saber emprender correctamente la retirada no es signo de debilidad sino de fortaleza’.

En la medida en que uno se ejercita cotidianamente en el arte de llevar a cabo estas tareas psicológicas interiores, el miedo recupera su perdida dignidad original y vuelve a ser la valiosísima señal de alarma que es.

Mónica

Etiquetas: Inteligencia, angustia, ansiedad-, autogestión, de, emocional-, emociones-, las, miedo-

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Respuestas a esta discusión

GRACIAS MONICA¡¡¡¡
ya pude leerlo, necesito vencer el pànico escenico
que tengas buen dia bendiciones
Gracias muy buen articulo!!!!! me ayudo mucho a conocer la naturaleza y control del miedo
Me alegro que te haya servido
Besos
Mónica

Veronica Guerrero de Colindres dice:
Gracias muy buen articulo!!!!! me ayudo mucho a conocer la naturaleza y control del miedo
Parada en la acción vas a poder vencerlo paso a paso
Exitos
Mónica

mayra perez dice:
GRACIAS MONICA¡¡¡¡
ya pude leerlo, necesito vencer el pànico escenico
que tengas buen dia bendiciones

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